Murió Eduardo Jara. No habrá ninguno igual, no habrá ninguno

 

El fallecimiento de Eduardo Jara movilizó al cronista a revisar archivos en búsqueda de datos precisos sobre quién fue -para muchos- el mejor jockey extranjero llegado a la Argentina, inclusive por encima de Legui.

Justamente en ese camino por hallar lo mejor escrito sobre ese esteta de la fusta, apareció una crónica firmada por el entrañable Carlos Alberto Cardoso para Informe Turf, publicada en 2010.

Don Guima le acerca a los lectores esa pieza, a manera de necrológica de Jara.

 

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"Eduardo Jara, el jockey que impuso aquí el filete e hizo escuela sin proponérselo no dejó nada por ganar, hasta un campeonato.internacional en Sudáfrica, cuando el país africano comenzaba a emerger en el mundo hípico internacional

Pero Eduardo, Otto, para quienes tenían alguna cercanía con la caballeriza de Fregonese, subió mucho más alto en su profesión que la cima habitual para los jockeys muy ganadores,con suma de clásicos y estadísticas. Consiguió, seguro que sin quererlo ni proponérselo, el títulomáximo en toda profesión o actividad: el de maestro.

La historia le tenía reservado la condición demaestro de la escuela del filete argentino, ajenaa todas las conocidas, reconocidas y valiosas deChile, Panamá, Puerto Rico, Venezuela y Colombia.

Jara acomodó el filete a su modo y necesidad de correr, porque siempre tuvo problemas con el peso y en eso la Argentina lo favoreció por aquello de correr las condiciones de 56 kilos.

De cuando vino, bajó un poco el alto de los estribos -los traía muy arriba-, colocó la montura algo más atrás, no tan encima de la cruz, creó apoyos diferentes para sus rodillas, se acomodó al uso de espolines -que por entonces aquí se permitían-, con el talón debajo de la línea del mandil, y ahí se apoltronó.

Hay que escucharlo hablar al Gato Mansilla de Eduardo Jara. Si usted es amigo del Gato hágalo hablar un día de Jara. Y verá lo que es la admiración de un par. Sin olvidar lo competitivo y complejo que era lidiar con el chileno en el día a día, porque tenía sus cosas, y en el seno de las carreras, al Gato le brillarán los ojos y se le atropellarán las anécdotas.

Va una: “La mejor carrera que le vi ganar a Jara fue un clásico San Martín, en Palermo, él con El Azar y Valdivieso con Bleding. El rubio pasa con Bleding y lo toco a El Azar. Jara se recompone y el Rubio a todo esto ya había mandado. Jara no hace espamento, lo pone a El Azar y atropella. Cuando a 70 m del disco supo que ganaba, no miró más el disco, agachó la cabeza, puso el látigo en la oreja a El Azar y esperó.

“Lo tengo presente hoy, porque debe ser la carrera que más narré en mi vida y porque lo fuimos a aplaudir con el Puma Sarati en la redonda, donde había ya otros jockeys recibiéndolo

y felicitándolo. Desensilló, se puso la montura bajo el brazo cual diario, y cuando pasó al lado nuestro y nos dijo ‘este muchacho se aguantará el rebote’. No estaba disfrutando el triunfo, estaba pensando en la próxima”.

"Hoy (2010), en cualquier carrera de nuestro país puede verse a discípulos y sucesores de Eduardo Jara.

Quizás ni ellos mismos se reconozcan comotales, pero para quién vivió los últimos 50 años del turf nacional es fácil reconocerlos. Porque ellos, los nuevos, los jóvenes, adoptaron un estilo que les llegó seguro de algún intermediario al que vieron e imitaron al correr.

Esos modelos que tuvieron los jóvenes de hoy y hasta sus maestros, se nutrieron de verlo correr a Jara, de su forma de apilarse, tomar las riendas, pegar, moverse en el sillín del chileno.

Jorge Valdivieso es uno de ellos, hecho jockey en tiempos de Jara y guía apropiado de toda la camada nueva y no tan nueva. También Miguel Sarati, Rubén Emilio Laitán -el jockey clásico por antonomasia-, Hugo Costantino, Jorge Bretón, Omar Labanca, Oscar Mansilla y hasta los freneros a los que hizo cambiar por el filete, como el añorado Alberto Plá, El Bachiller.

Todos ellos, y muchos más, eran chiquilines que soñaban con la postura de Jara, como el cacatúa del tango con la pinta de Carlos Gardel.

El Gato Mansilla recuerda sus tardes sobre los fardos de pasto, en el stud de su tío Ovidio Bazán, pensando en rematar una carrera con la prestancia de Jara, con la fusta pegada a cuerpo, guardada.

Jara fue quién firmó el certificado de defunción del freno como herramienta de manejo del caballo de carrera en esta ribera occidental del Río de la Plata e impuso el filete, al que adherían otros jinetes extranjeros de la época, como Justo Torres, Juan Camoretti, Adolfo Sánchez, Pancho Irigoyen, Laffit Pincay -el papá del jockey

campeón en los Estados Unidos-, Omar Chamorro, Carlos Cruz, Henry Bouley, Raúl Bustamante, la mayoría venidos desde Venezuela tras los pasos de Jara.

Antes, varios fileteros habían tratado de imponer su herramienta entre nosotros sin éxito, desde el inglés David Englander, a principios de siglo, y luego Zúñiga, Ortíz Tapa y Araya, éste el abuelo materno de Jorge Sandro Caro, a quién su mamá le puso tal nombre por admiración al Gitano que hace apenas horas se fue de gira.

Eduardo alguna vez explicó su relación con el filete y lo que encontró aquí, cuando llegó:

"Venía de una hípica diferente como la chilena y la misma venezolana, estaba acostumbrado a correr con filete y sostener las riendas con las dos manos, y en ese momento en Argentina se corría con freno, lo que hacía que los jinetes utilizaran tan solo una mano en plena competencia. Creo que conseguí demostrar que con el filete el desgaste del caballo era menor y disminuían los esfuerzos del tren posterior".

Jara consideraba que el filete concede mayor sensibilidad a las manos del jockey, a la vez que le permitía tener un manejo más directo y rápido, lo que posibilita cambiar el rumbo sin esfuerzo, con el uso de las cuatro patas, "lo que facilita el cambio de riendas y al cruzarlas obliga al cambio de ritmo, de mano y a levantar la cabeza, con lo que el caballo adquiere más velocidad".

Esto que narró Jara fue ya en la etapa asentada de sus 35 años aquí. En los comienzos, la verdad, se lo vió correr con filete al estilo de con freno, es decir las riendas en una mano, método con el que tampoco le fue del todo mal.

Jara fue un fenómeno en su relación con la prensa. Seguro que abrió un nuevo modo de relacionarse con el periodista, que hasta antes de él sufría una comunicación con los jinetes que no reconocía casi diálogo alguno.

Cuando el cronista comenzaba con una consulta, recibía una respuesta que lo dejaba en Pampa y la vía: "A usted qué le parece". A mí no me parece nada, tuvo uno más de una vez ganas de responder en esa circunstancia. Eran las leyes de juego de entonces, en tiempos en los que los jockeys eran poco menos que inalcanzables y que su oquedad, tal vez, protegía del asedio una deficiencia cultural concreta. Se interpretaba que esa charla entre cronista y jinete era una competencia más, en la que estaba en juego la sabiduría de ambos, más que el complemento para lograr una información que el público esperaba. Esa charla debía tener siempre un ganador, la mayor de las veces el jockey.

Jara creó el paraíso del cronista. Se prendía en todas las propuestas, buscaba darle sostén a todas las visiones y no paraba de dar motivos y razones. Nunca, ningún cronista se fue defraudado de una charla con Jara. Siempre se salía con tema para una nota, lo que para los principiantes, inexpertos aún y quizás todavía en el arte de preguntar, era una dicha.

Volver a la redacción y decirle al jefe que teníamos una buena nota con Jara era muy tranquilizador.

Anécdota personal: previa de un Nacional, que puede ser alguno de los ganados para El Turf, u otro gran premio. El cronista ingresa en el cuarto de jockeys de Palermo, allí donde detrás de la primera sala de vestuario estaba la televisión -en esa época no se daban los desarrollos por televisión, lo que vino con la reapertura de San Isidro- y la sala de descanso.

Jara, cual pequeño era, estaba desparramado en una de las amplias reposeras que había en el lugar, botella de agua en mano, toalla al cuerpo, en ojotas, en silencio, ensimismado. Tal vez estaba dormitando. Pero al cronista se le ocurrió que estaba en un proceso de concentración, al igual que tantos deportistas antes del esfuerzo, antes del gran momento, los pilotos de F1, entre ellos.

Eduardo -dijo el cronista-, concentrado antes de la carrera como en la F1. El jockey quizá se despertó, sacudió la cabeza, repasó lo escuchado y entró en un monólogo explicativo luego del cual entre él y Lole Reutemann, en lo previo de las competencias, no había diferencia alguna. "Jara sostiene que el jockey es como un piloto de F1" fue el título de la nota, si la memoria no falla.

Jara dejó muchas enseñanzas; una, el que vale es el primer fustazo, el segundo vale menos y el tercero, nada. El, por eso, pegaba de a pares: uno, uno, pausa; uno, uno, pausa.

 Treinta años después el día a día de Eduardo Jara se hizo muy exigente, por el físico y la competencia, con jóvenes jinetes que cada vez hacían más fuerza y eran más atrevidos. Medió también un accidente, en el que se quebró un tobillo, en un error justo de una de las figuras nuevas.

Comenzó a dejar de correr, o correr espaciado. Llegó a ser maestro de la escuela de aprendices, pero no tenía la menor capacidad pedagógica, distinto de Alejandro Lhuillier, un excepcional profesor de aprendices en ese tiempo, junto con Araya. Jara había enseñado toda su vida desde arriba de la montura, en la cancha, en las carreras, con el modelo, sin indicaciones, y el magisterio nunca le sentó.

Tampoco le gustaba entrenar caballos de carrera.

Fue un tiempo de indecisiones, justo en él, tan decidido en todo, a veces temerario. También el temor había hecho lo suyo en el espíritu de Jara, luego de varias caídas. Sobrevino después un episodio que lo impulsó a irse. Sufrió una estafa como muchos hombres de la hípica, que le esfumó gran parte de sus ahorros.

Entonces Angélica, su segunda mujer y el sostén en la vida desde sus últimos tiempos en.Caracas y desde su llegada a Buenos Aires, empujó para irse. Vendió todo y se fue a los Estados Unidos. Corrió y ganó, poco, en California y Nueva York. En la Gran Manzana trabajó como caminador de Angel "Bocha" Penna primero, y luego de Bill Mott, con éste casi una década. Después pasó a Miami y la última novedad, de 2007, lo daba viviendo en Fort Lauderdale, en La Florida, siempre junto a Angélica y muy repleto de recuerdos, de gente, victorias y caballos. Siempre muy hablador, dicharachero casi. Tratamos de ubicarlo, pero no lo conseguimos. Pero habrá otros intentos.

En estos días, el hipódromo de San Isidro le ha puesto el nombre de Eduardo Jara a uno de sus clásicos y el recuerdo tiene un amplísimo respaldo, porque el chileno fue un ídolo en una época en la que había muchos en el turf argentino y también fue un maestro para varias generaciones.de jockeys argentinos.

Dejó esa huella que todavía se advierte en las carreras del día en cualquier hipódromo nacional y eso sólo lo concretan los elegidos, los impares.